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domingo, 6 de octubre de 2013

El anónimo Hermano Bianor

Hermano Bianor
1859-1920

Tardó años en salir del anonimato científico. No sólo porque no buscara la fama, sino porque la cantidad de autores que le habían precedido le hacían pensar que no podría aportar nada nuevo. No en vano, el Hermano Bianor entendía la botánica como parte de su apostolado. Sin embargo, sus recolecciones y herbarios supusieron mucho más de lo que nunca imaginó.

Llegó a Mallorca buscando refugio. Era 1904 y la persecución religiosa de la Ley Combes le obligó a abandonar su Francia natal. Allí había sentido la llamada de Dios y, después de acabar su formación religiosa, inició su carrera como docente. Impartió clases en Versalles e incluso en Argelia. Ya en la Isla, fundó el colegio de Santa Maria en Sóller y se incorporó a La Salle en las escuelas de Palma y Pont d’Inca.

Para entonces Marie Emile Fricquegnon ya era conocido sencillamente como el Hermano Bianor. Sus primeros días en la Serra sirvieron para reavivar su interés por el estudio de las plantas. Paseaba armado de un azadón, un saco negro y carpetas para herborizar. Para el religioso, su dedicación a la botánica tenía un significado mayor. Era parte de su apostolado. La grandeza de Dios se plasmaba en la riqueza vegetal que le rodeaba.

Martin Eisentraut, el acelerador de Darwin

Martin Eisentraut 
1902-1994 

Miró a un lado y a otro. No había nada ni nadie que pudiera impedírselo. Encaramado a un acantilado de Es Dau Gros, Martin Eisentraut estaba a punto de revolucionar la ciencia. Abrió un recipiente –una jaula o una caja– y soltó en el islote ocho lagartijas macho del Escut Vermell y 20 hembras de Ibiza. Un reto para la naturaleza que acabó por darle la razón al darwinismo.

La zoología siempre estuvo en su vida. Nació en octubre de 1902 en Thungia, Alemania. La disciplina estaba en los primeros escarceos de Eisentraut con la naturaleza. También en las tres especialidades que, junto a botánica y geología, estudió en la Universidad de Halle para doctorarse en 1925.

Su currículum comenzó en el Museo de Historia Natural de Berlín. Allí consiguió colaborar en la sala de biología para una exposición sobre la hibernación. Le fascinaron los hamsters europeos y los murciélagos, a los que acabaría por dedicar una quinta parte de sus estudios. Pero las lagartijas se cruzaron en su camino.

Los años 20 marcaron el boomde la herpetología en Alemania. «Una auténtica locura en la que los científicos competían en la descripción de subespecies y, después, en conseguir que las revistas publicaran sus hallazgos», explica el profesor de Zoología de la Universidad de Salamanca, Valentín Pérez Mellado. Baleares se antojaba como un paraíso para aquellos estudiosos. Un archipiélago plagado de islotes por explorar y por sacar a la luz nuevos descubrimientos. Eisentraut llegó en 1928 en una suerte de competición, según algunos, con el herpetólogo L. Müller.

Joaquín Jaquotot y sus falsos 'zombies'

Grabado de William Hogarthen.
Joaquín Jaquotot
1726-1813

Apoplejía, sofocación, síncope, espasmo. Los síntomas de la enfermedad fueron siempre una preocupación en la carrera médica de Joaquín Jaquotot. Por entonces, a mediados del XVIII, aún resultaba muy complicado distinguir la muerte del coma profundo. La cantidad de enterrados vivos le llevó a colaborar en un manual que permitiera identificar y resucitar a «los muertos aparentes».

Nació en Palma en septiembre de 1726 con la profesión ya grabada en el ADN. Su padre, Nicolás Jaquotot, había sido médico de Luis XV. Joaquín, el penúltimo de sus seis hijos, pudo presumir de tener también una carrera brillante. Desde 1773 ocupó diversos cargos públicos en el Ayuntamiento de Palma: fue diputado, síndico personero –una suerte de defensor del pueblo– y comisionado médico para los enfermos de Alcúdia.

En 1778 su trayectoria cobró un nuevo impulso. Jaquotot no sólo se convirtió en profesor de la Facultad de Medicina de Palma, sino también en uno de los fundadores de la Sociedad Económica Mallorquina de Amigos del País (RSEMAP), constituida aquel mismo año. Entre sus objetivos estaba la difusión de las ciencias de acuerdo con el espíritu ilustrado.

Eran tiempos complicados para la medicina. No se diferenciaba la muerte verdadera del coma profundo o el letargo provocado por causas como la catalepsia o el desmayo. «Si, como en varios países, España entre ellos, se practicaba la inhumación en un plazo breve, existía el peligro de ser enterrado vivo. Y efectivamente ocurría con bastante frecuencia», explica Paula de Demerson en Muertos aparentes y socorros administrados a los ahogados y asfixiados en las postrimerías del siglo XVIII.

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