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domingo, 6 de octubre de 2013

Longinos Navás, el baptizador de insectos

Longinos Navás
1858-1938

Dicen que su vocación naturalista era tal que fue capaz de completar en dos años la licenciatura de Ciencias Naturales. Otros aseguran que Longinos Navás nunca tuvo formación científica, pero que su capacidad autodidacta le convirtió en uno de los entomólogos más destacados de la primera mitad del siglo XX. Su llegada a Mallorca en 1909 sirvió para llamar la atención sobre insectos hasta entonces desconocidos.

Nació en Cabassers (Tarragona) en 1858. Estudió bachillerato en Reus y Derecho en la Universidad de Barcelona antes de que su vocación religiosa –que había iniciado en el seminario de la Ciudad Condal– le llevara fuera de España. La supresión de la Compañía de Jesús hizo que tuviera que trasladarse al sur de Francia para, en 1875, ingresar en un noviciado.

Sería ya con el nuevo permiso para la actuación de los jesuitas en nuestro país, cuando se ordenara sacerdote en 1890. Su llegada al Colegio del Salvador en Zaragoza fue para Navás el descubrimiento de una nueva vocación. Se convirtió en responsable del pequeño museo de Historia Natural, así como en profesor de la misma disciplina.

Su entusiasmo por aquella nueva faceta hizo que en 1904, y según algunos, se licenciara en Ciencias Naturales después de haber hecho la carrera en sólo dos años. El interés del religioso se centró luego en los insectos, de los que llegó a describir cerca de 400 géneros y más de 2.600 especies nuevas.

A Mallorca llegó en 1909 en el marco de un Congreso mariano celebrado a principios de julio. Se hospedó en el Seminario, donde visitó el museo de Historia Natural. Allí conocería de primera mano la colección entomológica del también religioso Fernando Moragues (ver entrada). "Más rica en especies y ejemplares para himenópteros y hemípteros de lo que esperaba", escribiría después.

sábado, 4 de junio de 2011

Edouard Martel, y el lago cavernícola

Edouard Martel
1859-1938


"Mientras miraba asombrado la superficie, apareció un lago subterráneo en el mismo corazón de la montaña; decidí que dedicaría mi vida a la exploración de esas maravillosas entradas en la tierra". Edouard A. Martel acababa de internarse en las grutas de Han en Bélgica. Era sólo el principio de una pasión que le convertiría en el padre de la espeleología y en el investigador de sus lagos. Faltaban aún tres décadas para que, sin violines ni barcas, descubriera en las Cuevas del Drach uno de los más grandes del mundo y lo bautizara con su nombre.

Hasta los 29 años Edouard A. Martel vivió en la superficie. Hijo de una familia de juristas, nació en Pontoise (Francia) en 1859. Estudió en el Liceo Condorcet de París, se licenció en Derecho y se convirtió en un abogado agregado al tribunal de comercio del Sena. Leía con fervor a Julio Verne y descubría las primeras cuevas de la mano de su padre, aficionado a la paleontología; pero todavía no conocía la atracción por los abismos de la que hablaba el escritor francés.

Era aún un adolescente cuando, al borde de las grutas de Han (en las Árdenas belgas), se dijo que dedicaría su vida a la exploración de las cuevas. Un propósito que no se hizo realidad hasta 1888 cuando reconocería dos kilómetros de galerías en Bramabiau (Francia). La espeleología había nacido.

En su calendario de campañas anuales se sucedieron Italia, Suiza, Inglaterra... El propio Martel comenzó a calificarse como "un troglodita nato, tan ansioso de excavar bajo tierra como un tejón". En 1889 publicaba su primer recuento de observaciones. Les Abîmes, el más importante, aparecía en 1894 donde describió las más de 230 grutas y los 250 kilómetros de galerías de las que hizo levantamientos muy precisos.


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