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sábado, 4 de junio de 2011

Edouard Martel, y el lago cavernícola

Edouard Martel
1859-1938


"Mientras miraba asombrado la superficie, apareció un lago subterráneo en el mismo corazón de la montaña; decidí que dedicaría mi vida a la exploración de esas maravillosas entradas en la tierra". Edouard A. Martel acababa de internarse en las grutas de Han en Bélgica. Era sólo el principio de una pasión que le convertiría en el padre de la espeleología y en el investigador de sus lagos. Faltaban aún tres décadas para que, sin violines ni barcas, descubriera en las Cuevas del Drach uno de los más grandes del mundo y lo bautizara con su nombre.

Hasta los 29 años Edouard A. Martel vivió en la superficie. Hijo de una familia de juristas, nació en Pontoise (Francia) en 1859. Estudió en el Liceo Condorcet de París, se licenció en Derecho y se convirtió en un abogado agregado al tribunal de comercio del Sena. Leía con fervor a Julio Verne y descubría las primeras cuevas de la mano de su padre, aficionado a la paleontología; pero todavía no conocía la atracción por los abismos de la que hablaba el escritor francés.

Era aún un adolescente cuando, al borde de las grutas de Han (en las Árdenas belgas), se dijo que dedicaría su vida a la exploración de las cuevas. Un propósito que no se hizo realidad hasta 1888 cuando reconocería dos kilómetros de galerías en Bramabiau (Francia). La espeleología había nacido.

En su calendario de campañas anuales se sucedieron Italia, Suiza, Inglaterra... El propio Martel comenzó a calificarse como "un troglodita nato, tan ansioso de excavar bajo tierra como un tejón". En 1889 publicaba su primer recuento de observaciones. Les Abîmes, el más importante, aparecía en 1894 donde describió las más de 230 grutas y los 250 kilómetros de galerías de las que hizo levantamientos muy precisos.


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